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| Fotografía cortesía de Martha Aguirre |
Hay oficios que se construyen sin ruido. Se afinan con el tiempo, con la repetición, con una paciencia que no siempre se nota desde fuera. En muchas historias vinculadas a la gelatina, el verdadero cambio no llegó de golpe, sino a través de un hacer constante que fue tomando sentido con los años.
Para Martha Aguirre, ese hallazgo fue claro. En algún punto del camino entendió que aquello que buscaba estaba ya en sus manos. “Eso que muchas mujeres buscan: su realización, yo lo encontré en las gelatinas”, ha dicho. No como una revelación repentina, sino como una certeza que se fue asentando con la práctica diaria. La gelatina se volvió un lugar propio, una forma de afirmarse y de permanecer.
Esa permanencia también aparece en la manera en que Hilda Cruz habla de su trabajo. Para ella, cada pieza implica algo más que técnica: “Hacer gelatina es entregar una parte de mi corazón porque están hechas con amor”. En esa frase se condensa una ética del oficio, donde la entrega y la constancia sostienen el proceso completo. No hay prisa, hay cuidado. No hay improvisación, hay atención.
El tiempo, cuando se vuelve aliado, transforma el hacer en identidad. Susana Nieto lo experimentó así. Después de muchos años fuera de su país, reencontrarse con la gelatina significó abrir un nuevo capítulo. “Las gelatinas para mí son lo máximo; un cambio total en mi vida”, comparte. En su historia, el oficio se enlaza con la memoria, con lo aprendido en casa y con la decisión de compartirlo. Enseñar, transmitir, acompañar a otras personas se volvió parte natural de su camino.
En otros relatos, la gelatina también aparece como un sostén concreto. Lilia Beltrán lo expresa con una frase directa, sin rodeos: “La gelatina me ayudó a sacar adelante a mis hijos”. Ahí, el oficio se vincula con la responsabilidad cotidiana, con la necesidad de responder y con la capacidad de transformar el trabajo en sustento. La técnica adquiere entonces un peso distinto: no es solo saber hacer, es poder sostener.
Si se leen juntas, estas voces dibujan un mapa común. Hablan de trayectorias que se consolidan, de aprendizajes que se acumulan, de una práctica que se afina con el tiempo. La gelatina se convierte en un lenguaje compartido: una forma de decir quiénes son, qué han construido y hacia dónde miran.
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| Fotografía cortesía de Susana Nieto |
No se trata de comienzos ni de puntos de quiebre, sino de continuidad. De mujeres que encontraron en la repetición una manera de avanzar, en el detalle una forma de cuidado y en el oficio una posibilidad de legado. La gelatina, en estas historias, no es un destino final; es un camino que se recorre con paciencia, con compromiso y con la certeza de que lo que se construye así puede durar.
Porque hay procesos que no buscan sorprender, sino sostener. Y en ese sostener, capa a capa, el trabajo adquiere sentido y permanece.




